domingo, 10 de febrero de 2019

Una píldora podría acabar con las inyecciones en la diabetes tipo dos


Un equipo de investigación liderado por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), en Estados Unidos, ha desarrollado una cápsula farmacológica que podría usarse para administrar dosis orales de insulina, lo que podría reemplazar las inyecciones que las personas con diabetes tipo 2.

Aproximadamente del tamaño de un arándano, la cápsula contiene una pequeña aguja hecha de insulina comprimida, que se inyecta después de que la cápsula llega al estómago. 

En pruebas en animales, los científicos demostraron que podían administrar suficiente insulina para reducir el azúcar en la sangre a niveles comparables a los producidos por las inyecciones suministradas a través de la piel. También demostraron que el dispositivo se puede adaptar para administrar otros fármacos proteicos.

irugías para perder peso cambian la forma en que el cuerpo percibe la comida


La investigación bariátrica ayuda a las personas con obesidad y diabetes en relación con los cambios en la forma en que el intestino percibe los alimentos y los nutrientes después de la operación, según informan investigadores en un artículo que se publica este martes en la revista ‘Cell Reports’.

Encontraron que después de la cirugía, los patrones alterados de digestión y absorción en el intestino provocan la producción de niveles más altos de hormonas intestinales, especialmente el péptido 1 similar al glucagón (GLP-1), que a su vez provoca una mayor producción de insulina.

“Para las personas que se someten a una cirugía de bypass gástrico para tratar la obesidad y que también tienen diabetes, después de la cirugía, se reduce el peso corporal y desaparece la diabetes rápidamente”, dice la autora principal Fiona Gribble, de los Laboratorios de Investigación Metabólica de la Universidad de Cambridge en el Wellcome Trust-Instituto MRC de Ciencia Metabólica.

martes, 5 de febrero de 2019

Tiene nutrientes para ayudarte a adelgazar y para el cuidado de la salud


¡La respuesta es sí! Además de su rico sabor, la papaya tiene muchos beneficios para nuestra salud, como ayudarnos a bajar de peso.

La papaya es una fruta que crece en árboles y su sabor es muy parecido a una combinación entre el mango, la piña y la naranja. Esta fruta es muy baja en calorías, grasa y colesterol.

En adición tiene una gran cantidad de nutrientes importantes para nuestro organismo y para nuestro aparato digestivo. Algunos de esos nutrientes son el hierro, fibra, potasio, y vitaminas como la A y C, entre otros. La papaya más allá de ayudarte a adelgazar de manera natural y saludablemente, te ayuda a aliviar otros problemas de salud como el estreñimiento, y a eliminar toxinas.

Mira algunos productos a continuación que puedes utilizar a base de papaya, que te ayudarán a bajar de peso.

Así son los "bots" fraudulentos que simulan clics humanos en internet


Madrid.- Más allá de sus fines ilícitos para manipular ideologías con el bombardeo de mensajes en redes sociales, los "bots" o programas que repiten tareas son usados también por los ciberestafadores para generar tráfico "fantasma" y para nuevas acciones fraudulentas hasta ahora complejas para el software.

Así se recoge en un informe presentado por la plataforma publicitaria Sizmek con motivo mañana del Día de Internet Segura, que desvela nuevas acciones fraudulentas añadidas a esos clics deshonestos para simular visitas humanas que realizan "bots", muchas veces organizados en redes telecontrolados por ciberestafadores para generar ingresos publicitarios en perjuicio de medios y marcas.

Por ejemplo, los "bots" pueden rellenar ya formularios en internet cuando se les programa para ello o añadir automáticamente productos en carritos de compra de páginas web comerciales, y todo ello simulando una navegación humana en internet cuando quienes actúan son solo máquinas.

Facilidades tecnológicas desde las nubes


Santo Domingo.- El liderazgo, la imaginación, la integridad, el impulso y la innovación nunca se dan, sino que se obtienen a través del trabajo duro, la determinación, la inteligencia y el impulso. Lory Troche ha obtenido alguna de estas características a través de su labor junto a la creencia de que, ser excepcional no es una opción, es un requisito.

La primera oportunidad significativa para Troche ocurrió mientras laboraba para una compañía nacional de cable en Estados Unidos. Ejercía como gerente de Cuentas por Pagar, y se presentó una promoción en el Departamento de Compras, a la cual aplicó. Un ejecutivo de la empresa estuvo de acuerdo y le dio el puesto, a través del cual se trataba de darle un giro económico  a la compañía que había perdido 100 millones de dólares en los tres años anteriores.

Para poder tomar este reto, Troche fue entrenada por General Electric en la metodología ‘Six Sigma’, un programa de calidad que, cuando todo está dicho y hecho, mejora la experiencia de sus clientes, reduce sus costos y crea mejores líderes, creado por Jack Welch.

domingo, 3 de febrero de 2019

Increíble, pero cierto!. La joven que nunca fue a la escuela y se graduó en Cambridge. "Una educación" (Lumen),elogiado por Barack Obama y Bill Gates.



Estoy encima del vagón rojo abandonado, al lado del establo.


 Cuando el viento arrecia, el pelo me azota la cara y el frío se me cuela por el cuello abierto de la camisa. Los vendavales son fuertes cerca de la montaña,
como si la cumbre misma exhalara. El valle está tranquilo, sin que nada lo perturbe. Entretanto, nuestra granja baila: las rotundas coníferas se balancean despacio mientras tiemblan la artemisa y los cardos, que se inclinan ante las ráfagas y las corrientes. Detrás de mí, una colina suave asciende para unirse a la base de la montaña. Si miro hacia arriba, veo la forma oscura de la Princesa India.

La colina está revestida de trigo almidonero. Si las coníferas y la artemisa son solistas, el trigal es un cuerpo de baile en el que cada tallo sigue a los demás en arranques de movimiento y un millón de bailarinas se comban, una tras otra, cuando el ventarrón les abolla la dorada cabeza. La forma de la abolladura se mantiene solo un instante, y es lo más cerca que estamos de ver el viento.

Al volverme hacia nuestra casa, situada en la ladera, percibo movimientos de un género distinto, sombras alargadas que se abren paso con rigidez entre las corrientes. Mis hermanos varones se han levantado y miran qué tiempo hace. Imagino a mi madre frente a los fogones, donde prepara tortitas de harina y salvado. Visualizo a mi padre encorvado junto a la puerta trasera, atándose los cordones de las botas de seguridad para luego enfundarse los guantes de soldador en las manos encallecidas. El autobús escolar pasa por la carretera sin detenerse.

Aunque solo tengo siete años, sé que ese hecho, más que ningún otro, diferencia a mi familia: nosotros no vamos a la escuela.

A papá le preocupa que el Gobierno nos obligue a ir, pese a que no puede obligarnos porque no sabe de nuestra existencia. De los siete hijos de mis padres, cuatro no tenemos partida de nacimiento. No tenemos historia clínica porque nacimos en casa y nunca hemos ido a una consulta médica o de enfermería. No tenemos expediente escolar porque jamás hemos pisado un aula. Cuando cumpla nueve años, inscribirán mi nacimiento en el registro civil, pero ahora, según el estado de Idaho y el gobierno federal, no existo.

Sí existía, desde luego. Había crecido preparándome para los Días de Abominación, esperando a que el sol se oscureciera y la luna rezumara sangre. En verano elaboraba conservas de melocotón y en invierno reordenaba las provisiones según su caducidad. Cuando el Mundo de los Humanos se viniera abajo, mi familia seguiría adelante, incólume.

Me habían educado en los ritmos de la montaña, en los que el cambio no era esencial, sino tan solo cíclico. Todas las mañanas aparecía el mismo sol, que después de recorrer el valle descendía detrás del pico. La nieve caída en invierno se derretía en primavera. Nuestra vida era un ciclo —el ciclo del día, el ciclo de las estaciones—, un círculo de cambio perpetuo que, una vez completado, significaba que nada había cambiado. Creía que mi familia formaba parte de ese modelo inmortal, que en cierto sentido éramos eternos. Pero la eternidad pertenecía solo a la montaña.

Mi padre contaba una historia acerca del pico, antiguo y grandioso como una catedral. Si bien en la cordillera había otros más altos e imponentes, Buck's Peak era el de factura más bella. Con una base que se extendía un kilómetro y medio, su masa oscura surgía de la tierra y se elevaba para formar un chapitel perfecto. Desde cierta distancia se distinguía la huella de un cuerpo femenino en la cara de la montaña: las enormes quebradas constituían las piernas; el pelo era un conjunto de pinos dispuestos en abanico sobre la cresta septentrional. Su actitud era imperiosa, con una pierna adelantada en un movimiento vigoroso, más una zancada que un paso.

Mi padre la llamaba la Princesa India. Todos los años, cuando la nieve empezaba a fundirse, emergía de cara al sur para observar el regreso de los búfalos al valle. Mi padre decía que los indios nómadas esperaban su aparición como un indicio de la primavera, una señal de que la montaña se deshelaba, de que el invierno había terminado y de que había llegado la hora de volver a casa.

Todos los relatos de mi padre giraban en torno a nuestra montaña, nuestro valle, nuestro abrupto pedacito de Idaho. Nunca me advirtió de lo que debía hacer si me marchaba de la montaña, si cruzaba océanos y continentes y acababa en un territorio desconocido, donde ya no podría buscar en el horizonte a la Princesa. Nunca me contó cómo sabría cuándo había llegado la hora de volver a casa.

Fuente Infobae