Un equipo de investigación liderado por
el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en
inglés), en Estados Unidos, ha desarrollado una cápsula farmacológica
que podría usarse para administrar dosis orales de insulina, lo que
podría reemplazar las inyecciones que las personas con diabetes tipo 2.
Aproximadamente del tamaño de un
arándano, la cápsula contiene una pequeña aguja hecha de insulina
comprimida, que se inyecta después de que la cápsula llega al estómago.
En pruebas en animales, los científicos
demostraron que podían administrar suficiente insulina para reducir el
azúcar en la sangre a niveles comparables a los producidos por las
inyecciones suministradas a través de la piel. También demostraron que
el dispositivo se puede adaptar para administrar otros fármacos
proteicos.
La investigación bariátrica ayuda a las
personas con obesidad y diabetes en relación con los cambios en la forma
en que el intestino percibe los alimentos y los nutrientes después de
la operación, según informan investigadores en un artículo que se
publica este martes en la revista ‘Cell Reports’.
Encontraron que después de la cirugía,
los patrones alterados de digestión y absorción en el intestino provocan
la producción de niveles más altos de hormonas intestinales,
especialmente el péptido 1 similar al glucagón (GLP-1), que a su vez
provoca una mayor producción de insulina.
“Para las personas que se someten a una
cirugía de bypass gástrico para tratar la obesidad y que también tienen
diabetes, después de la cirugía, se reduce el peso corporal y desaparece
la diabetes rápidamente”, dice la autora principal Fiona Gribble, de
los Laboratorios de Investigación Metabólica de la Universidad de
Cambridge en el Wellcome Trust-Instituto MRC de Ciencia Metabólica.
¡La respuesta es sí! Además de su rico
sabor, la papaya tiene muchos beneficios para nuestra salud, como
ayudarnos a bajar de peso.
La papaya es una fruta que crece en
árboles y su sabor es muy parecido a una combinación entre el mango, la
piña y la naranja. Esta fruta es muy baja en calorías, grasa y
colesterol.
En adición tiene una gran cantidad de
nutrientes importantes para nuestro organismo y para nuestro aparato
digestivo. Algunos de esos nutrientes son el hierro, fibra, potasio, y
vitaminas como la A y C, entre otros. La papaya más allá de ayudarte a
adelgazar de manera natural y saludablemente, te ayuda a aliviar otros
problemas de salud como el estreñimiento, y a eliminar toxinas.
Mira algunos productos a continuación que puedes utilizar a base de papaya, que te ayudarán a bajar de peso.
Madrid.- Más
allá de sus fines ilícitos para manipular ideologías con el bombardeo
de mensajes en redes sociales, los "bots" o programas que repiten tareas
son usados también por los ciberestafadores para generar tráfico
"fantasma" y para nuevas acciones fraudulentas hasta ahora complejas
para el software.
Así se recoge en un informe presentado
por la plataforma publicitaria Sizmek con motivo mañana del Día de
Internet Segura, que desvela nuevas acciones fraudulentas añadidas a
esos clics deshonestos para simular visitas humanas que realizan "bots",
muchas veces organizados en redes telecontrolados por ciberestafadores
para generar ingresos publicitarios en perjuicio de medios y marcas.
Por ejemplo, los "bots" pueden rellenar
ya formularios en internet cuando se les programa para ello o añadir
automáticamente productos en carritos de compra de páginas web
comerciales, y todo ello simulando una navegación humana en internet
cuando quienes actúan son solo máquinas.
Santo Domingo.- El
liderazgo, la imaginación, la integridad, el impulso y la innovación
nunca se dan, sino que se obtienen a través del trabajo duro, la
determinación, la inteligencia y el impulso. Lory Troche ha obtenido
alguna de estas características a través de su labor junto a la creencia
de que, ser excepcional no es una opción, es un requisito.
La primera oportunidad significativa
para Troche ocurrió mientras laboraba para una compañía nacional de
cable en Estados Unidos. Ejercía como gerente de Cuentas por Pagar, y se
presentó una promoción en el Departamento de Compras, a la cual aplicó.
Un ejecutivo de la empresa estuvo de acuerdo y le dio el puesto, a
través del cual se trataba de darle un giro económico a la compañía que
había perdido 100 millones de dólares en los tres años anteriores.
Para poder tomar este reto, Troche fue
entrenada por General Electric en la metodología ‘Six Sigma’, un
programa de calidad que, cuando todo está dicho y hecho, mejora la
experiencia de sus clientes, reduce sus costos y crea mejores líderes,
creado por Jack Welch.
Estoy encima del vagón rojo abandonado, al lado del establo.
Cuando el viento arrecia, el pelo me
azota la cara y el frío se me cuela por el cuello abierto de la camisa.
Los vendavales son fuertes cerca de la montaña,

como si la cumbre misma exhalara. El valle está tranquilo, sin que nada
lo perturbe. Entretanto, nuestra granja baila: las rotundas coníferas se
balancean despacio mientras tiemblan la artemisa y los cardos, que se
inclinan ante las ráfagas y las corrientes. Detrás de mí, una colina
suave asciende para unirse a la base de la montaña. Si miro hacia
arriba, veo la forma oscura de la Princesa India.
La colina está
revestida de trigo almidonero. Si las coníferas y la artemisa son
solistas, el trigal es un cuerpo de baile en el que cada tallo sigue a
los demás en arranques de movimiento y un millón de bailarinas se
comban, una tras otra, cuando el ventarrón les abolla la dorada cabeza.
La forma de la abolladura se mantiene solo un instante, y es lo más
cerca que estamos de ver el viento.
Al volverme hacia nuestra
casa, situada en la ladera, percibo movimientos de un género distinto,
sombras alargadas que se abren paso con rigidez entre las corrientes.
Mis hermanos varones se han levantado y miran qué tiempo hace. Imagino a
mi madre frente a los fogones, donde prepara tortitas de harina y
salvado. Visualizo a mi padre encorvado junto a la puerta trasera,
atándose los cordones de las botas de seguridad para luego enfundarse
los guantes de soldador en las manos encallecidas. El autobús escolar
pasa por la carretera sin detenerse.
Aunque solo tengo siete años, sé que ese hecho, más que ningún otro, diferencia a mi familia: nosotros no vamos a la escuela.
A
papá le preocupa que el Gobierno nos obligue a ir, pese a que no puede
obligarnos porque no sabe de nuestra existencia. De los siete hijos de
mis padres, cuatro no tenemos partida de nacimiento. No tenemos historia
clínica porque nacimos en casa y nunca hemos ido a una consulta médica o
de enfermería. No tenemos expediente escolar porque jamás hemos pisado
un aula. Cuando cumpla nueve años, inscribirán mi nacimiento en el
registro civil, pero ahora, según el estado de Idaho y el gobierno
federal, no existo.
Sí existía, desde luego. Había crecido
preparándome para los Días de Abominación, esperando a que el sol se
oscureciera y la luna rezumara sangre. En verano elaboraba conservas de
melocotón y en invierno reordenaba las provisiones según su caducidad.
Cuando el Mundo de los Humanos se viniera abajo, mi familia seguiría
adelante, incólume.
Me habían educado en los ritmos de la
montaña, en los que el cambio no era esencial, sino tan solo cíclico.
Todas las mañanas aparecía el mismo sol, que después de recorrer el
valle descendía detrás del pico. La nieve caída en invierno se derretía
en primavera. Nuestra vida era un ciclo —el ciclo del día, el ciclo de
las estaciones—, un círculo de cambio perpetuo que, una vez completado,
significaba que nada había cambiado. Creía que mi familia formaba parte
de ese modelo inmortal, que en cierto sentido éramos eternos. Pero la
eternidad pertenecía solo a la montaña.
Mi padre contaba una
historia acerca del pico, antiguo y grandioso como una catedral. Si bien
en la cordillera había otros más altos e imponentes, Buck's Peak era el
de factura más bella. Con una base que se extendía un kilómetro y
medio, su masa oscura surgía de la tierra y se elevaba para formar un
chapitel perfecto. Desde cierta distancia se distinguía la huella de un
cuerpo femenino en la cara de la montaña: las enormes quebradas
constituían las piernas; el pelo era un conjunto de pinos dispuestos en
abanico sobre la cresta septentrional. Su actitud era imperiosa, con una
pierna adelantada en un movimiento vigoroso, más una zancada que un
paso.
Mi padre la llamaba la Princesa India. Todos los años,
cuando la nieve empezaba a fundirse, emergía de cara al sur para
observar el regreso de los búfalos al valle. Mi padre decía que los
indios nómadas esperaban su aparición como un indicio de la primavera,
una señal de que la montaña se deshelaba, de que el invierno había
terminado y de que había llegado la hora de volver a casa.
Todos
los relatos de mi padre giraban en torno a nuestra montaña, nuestro
valle, nuestro abrupto pedacito de Idaho. Nunca me advirtió de lo que
debía hacer si me marchaba de la montaña, si cruzaba océanos y
continentes y acababa en un territorio desconocido, donde ya no podría
buscar en el horizonte a la Princesa. Nunca me contó cómo sabría cuándo
había llegado la hora de volver a casa.
Fuente Infobae